Venustiano Carranza, a 100 años de su asesinato

Poseía las características del verdadero político; Carranza podía ocuparse hasta de los mínimos detalles de gobierno, o podía retraerse en filósofo, para dimensionar el destino mexicano.

El asesinato de Venustiano Carranza indignó, incluso, a aquellos que se le habían separado y opuesto. Pascual Orozco y Emiliano Zapata se convirtieron en opositores al régimen maderista, tal como lo fueron al régimen porfirista, pero, de ninguna manera, aceptarían el asesinato de Francisco I. Madero como no hubieran aceptado el de Porfirio Díaz. Eran revolucionarios, no eran asesinos.

La indignación nacional fue incontenible. Existe uno de los relatos anónimos novelados de la Revolución Mexicana que está parcialmente expuesto por Demetrio Macías, en la clásica novela de Mariano Azuela, Los de Abajo. Es muy descriptivo cuando narra el episodio en el que un joven campesino, que había combatido para el derrocamiento de Díaz, seguía viviendo en el mismo jacal y con la misma miseria que cuando la dictadura. En ello, llega un emisario para convocarlo a la nueva contienda. Muy apesadumbrado prepara sus arreos mientras su mujer le pregunta por qué seguirán peleando si ya “tiraron a Porfirio”.

Él le contesta con lo que pretende ser una explicación. “Me dijeron que mejor nos despidiéramos de la familia porque ahora sí se va a poner requete feo. Mataron a don Panchito y todos los jefes están bien enojados. Dicen que el general Francisco Villa hizo tal muina que hasta chilló de la rabia. Que todos los jefes se reunieron con el señor Carranza en la Hacienda de Guadalupe y juraron derrocar al Chacal Victoriano Huerta”.

Con su perfidia, Huerta nos dio lo que no nos había dado Madero. Nos dio una verdadera revolución. Cambió una revolución
light por una revolución de “a-de-veras”. La que habría de costar más de un millón de vidas en los 20 años que van desde el primer disparo de los Serdán, en 1910, hasta el último disparo de La Cristiada, en 1930. Pero que sin ella no seríamos lo que somos o lo seríamos de distinta manera.

La Revolución Mexicana no sólo cambió a los dueños del poder. Para eso no se requiere de una revolución. Basta una elección, una rebelión, un golpe de Estado, una dimisión o, en el más bajo y repugnante de los escenarios, un magnicidio.

Pero nuestra revolución cambió, además de a los hombres, sus estilos, sus perfiles, la economía, la política, la visión del Estado, la visión de la vida, la cultura, la educación, la música, las artes, la comida, la vestimenta, la vivienda, la salud y el proyecto de vida.

Unos días después del asesinato, Venustiano Carranza convoca a todos los jefes revolucionarios leales a reunirse en su Hacienda de Guadalupe, en Coahuila, de donde era gobernador.

Allí, el 26 de marzo de 1913, proclaman tan sólo seis puntos, todos ellos realistas además de realizables. No necesitaban de más. El primero, crear una sola fuerza militar revolucionaria. Se llamaría “Ejército Constitucionalista”. Segundo, tendría, en el propio Carranza, a un solo jefe, llamado Primer Jefe. Este ejército se compondría de 4 divisiones, distribuidas territorialmente. La de Oriente, al mando del general Pablo González; la del Sur, al mando del general Emiliano Zapata; la de Occidente, al mando del general Álvaro Obregón; y la del Norte, al mando del general Francisco Villa.

El tercero, desconocer y el cuarto derrocar al régimen de la usurpación. El quinto, restablecer la vigencia de la Constitución Política de 1857. Esto sería a base de una feroz guerra fraticida, con batallas tan importantes como la de Torreón y que habría de decidirse, ya de manera definitiva, en la Batalla de Zacatecas después de la cual Huerta abandonaría el gobierno y el país refugiándose, desde luego, en los Estados Unidos.

El sexto, proclamar una nueva Constitución Política con un recio contenido revolucionario donde se estipularan todas las promesas y conquistas de la Revolución Mexicana. Esta habría de ser la Constitución de 1917, elaborada y promulgada en Querétaro y que contendría el diseño del México por el que había peleado una revolución.

No cabe la menor duda de que Venustiano Carranza era valiente en mayúsculo. Desafiar a guerra a Victoriano Huerta, tan poderoso, tan inescrupuloso, tan cínico, tan traidor, tan apátrida, tan ambicioso, tan desquiciado, tan retorcido y tan asesino, fue un acto de supremo valor personal.

El Plan de Guadalupe como lección

El Plan de Guadalupe es una lección múltiple. En primer lugar, es una lección de honestidad política. Documento breve y sencillo con excepcional precisión y definitividad. En él no se propone ni se promete más que el desconocimiento de la usurpación y el restablecimiento de la legalidad. Nada más que eso, pero nada menos que eso. No cae en la tentación de incorporar ofertas clientelares para sumar adeptos.

Por ello, Guadalupe es, también, una lección sobre la razón de Estado. Proponer un plan de gobierno en oposición a Huerta hubiere sido una forma de reconocerlo. Forma precaria, es cierto, pero forma inequívoca. Se estaría impugnando al programa de gobierno no a la existencia misma del gobierno, como lo hizo. Cuestionó la legitimidad del gobernante, no la bondad de su gobierno. Al gobierno ilegítimo no se le impugna que sea malo, sino, precisamente, que sea ilegítimo. No se le impugna su ineficiencia. Se le impugna su inexistencia.

Guadalupe es una lección sobre el fundamento básico de la democracia. Convoca a la unidad sin menoscabo de la pluralidad. Convoca a la pluralidad sin menoscabo de la unidad. La democracia supone y se explica sólo por la diversidad ideológica. Pero supone, a su vez, que la expresión resultante unirá a todos en propósitos comunes.

Guadalupe es una lección de soberanía. Junto al rescate de la legalidad, de la dignidad y de la democracia fue, también, al rescate de la soberanía. Existe una relación indisoluble entre legalidad y soberanía. Cuando una de ellas se vulnera la otra sufre, necesariamente, una vulneración. Pero si bien se destruyen juntas el proceso inverso no es idéntico. No se construyen ambas con sólo edificar una de ellas.

Existe, por último, en Guadalupe una lección sobre el actuar político. No es una ensoñación ni una quimera. Es un programa intensamente ejecutivo. No promete ni propone nada cuya realización no sea posible. Más aún, cuya ejecución no se encuentre ya en marcha.

Cuando señala que se desconoce a la usurpación es porque este desconocimiento ya se ha realizado. Cuando dice que existirá un solo ejército y un solo jefe es porque ese ejército ya está formado y ese jefe ya está designado. No invita a estudiar acciones, sino que anota un camino ya en marcha. En este sentido, el Plan de Guadalupe no es una convocatoria sino una escritura.

El Plan de Guadalupe como advertencia

Pero, debemos estar prevenidos. Para ello sirve la memoria histórica y el recordatorio político. Hoy, que creíamos estar tan cerca de la democracia, nos encontramos muy cerca de la dictadura. Los últimos regímenes de la primera era priista y los del interludio panista dejaron herida a la gobernabilidad mexicana.

Si no recibe, de inmediato, la oxigenación de fuertes dosis de legitimación política y de liderazgo real, estaremos a las puertas de una disfunción de Estado de proporciones catastróficas.

No es cierto que en México nunca pasa nada. En México no pasaba nada porque contaba precisamente con lo que estoy señalando que hoy carece. Si mi tesis es coherente no pasaba nada por la misma razón que hoy sí podría pasar.

La historia política de la humanidad ha sido infalible en los últimos 250 años. A los periodos de ingobernabilidad generalizada y de corrupción incontrolada los ha sucedido la dictadura popular, la dictadura militar o la disolución del Estado.

Es por ello que, para nosotros los políticos, toda la historia es contemporánea. Con base de ello, nuestros momentos luminosos nos revelan lo fundamental de la grandeza mexicana. Con base en ello mismo, en nuestros momentos de penumbra hemos logrado remontarnos por encima de nuestras humillaciones transitorias.

El día de hace 100 años

Después de esa vida extraña y de esa Presidencia atípica, para terminar, toma decisiones equivocadas que le habrían de costar el poder y la vida. Alguna vez escuché que a los presidentes, en materia de sucesiones, los invade la soberbia de creer que pueden elegir a quien deseen.

El ejemplo es Venustiano Carranza, tan sensato, tan prudente y tan lúcido. Pero llegó a creer que podría escoger a “Flor de Té”, Ignacio Bonillas, y que “Alvarito” lo acataría sin chistar. El gran Venustiano Carranza soñó que alguien podría burlarse de Álvaro Obregón y, después, salir victorioso y vivo.

Quizá creyó que la guerra revolucionaria ya había terminado y que el país requería de gobernantes pacíficos y serenos. Que habría que relegar a los caudillos y guerrilleros. Que los grupos victoriosos vivirían en la concordia. Que ya no habría una contrarrevolución, llamada Cristiada. Quién sabe que pensó y que lo llevó a la equivocación.

Los sonorenses se disgustaron y se levantaron. Obregón, Calles y de la Huerta suscribieron el Plan de Agua Prieta para desconocer a Carranza y, de paso, a Bonillas.

Continuaron los errores del Presidente. Decidió huir a Veracruz por ferrocarril. Sobrecargó los trenes con burócratas y sus familiares, con muebles y vajillas, con el tesoro nacional pero también con vinos finos. Todo ello cuando lo único que necesitaba serían soldados y armas. Por si fuera poco, abordó vehículos que tienen itinerario y destino conocido y esperado.

La odisea no duró mucho. En Puebla, las vías fueron dinamitadas. Prosiguió a caballo y, en la noche del 20 de mayo de 1920, fue asesinado en Tlaxcalantongo.

Carranza tuvo un equipo de lujo donde estuvieron Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Adolfo de la Huerta, Isidro Fabela, Jesús Urueta, Cándido Aguilar, Hilario Medina, Jacinto B. Treviño, Manuel Aguirre Berlanga, Roque Estrada, Félix Palavicini, Alberto Cravioto, José Natividad Macías, Francisco L. Urquizo, Pastor Rouaix, Alberto J. Pani, Eduardo Hay y Luis Cabrera.

Venustiano Carranza fue originario de Cuatro Ciénegas, Coahuila. Asumió la Presidencia a los 57 años de edad y murió a los 60. Contrajo matrimonio en dos ocasiones. Primero con Virginia Salas y después, ya viudo, con Ernestina Hernández. Fue padre de siete hijos. No tuvo profesión, aunque estudió para abogado. No se le conocen aventuras extramaritales.

Carranza poseía las características del verdadero político. Podía ocuparse hasta de los mínimos detalles de gobierno, si así se requería o podía retraerse en filósofo, para dimensionar el destino mexicano.

El verdadero estadista es esa formidable mezcla de ejecutivo, político y filósofo. Conocedor, visionario y, acaso, un poco vidente. El hombre que puede ver lo que los demás no vemos y hasta donde no podemos ver. Pero que no sólo puede ver, sino llevarnos hasta donde no podríamos llegar solos. Es decir, además, caudillo.

El verdadero estadista no va al encuentro del destino, sino que lo lleva con él. Cuando en ciertos momentos estelares surge el gran estadista, sus pueblos han logrado, venturosamente, redescubrir el fuego para su honor y para su gloria.

 

Por JOSÉ ELÍAS ROMERO APIS /  Presidente de la Academia Nacional de México